jueves, 9 de diciembre de 2010

La quema de libros.

Mi historia se divide en libros, temas variados en cada uno. Con portada y contraportada. Algunos sin prólogo y sin presentación, son espontáneos. Muchos están maltratados. Páginas arrugadas, manchadas y una que otra rota, el colmo, las que perdí. No recuerdo si tenía noción de la realidad o si ya me había cuestionado quien soy cuando los escribí, seguramente no. Los he guardado en un baúl del que traigo colgando su llave. Hasta hoy no los he sacado de ahí, pues tengo miedo, no quiero que me gane el coraje y prenderles fuego. Aún los necesito. He pensado en el momento, cuando los vuelva a abrir. ¿Seguirá visible su tinta? espero que sí. Me dispondré a una tarea ardua, repasaré cada palabra, frase, relato en ellos. Deseo que con eso baste para culminar esta agonía de sentirme sin orbita, de marearme cada vez que pienso en mi futuro. ¡Vaya, estos libros empolvados me tienen en la locura!, no me dejan disfrutar el aroma que deja la lluvia, las sonrisas de mis amigos, el frío que me trae la noche. Por más que trato de distraerme, no puedo ignorar su existencia. Si tuviera buena memoria, no encarnaría esta pena, pero no vivo dotada de ella. Mi mente es como el queso lleno de agujeros que siempre aparece en los dibujos animados. Seré valiente. Me enfrentaré al contenido misterioso de los tomos. Luego, quizá si los queme o talvez los done al mejor bibliotecario de esta ciudad.

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